Hablar sobre Japón siempre es una buena portada

Saludos cosmonautas,

hace un par de días pude leer un artículo en el suplemento cultural de La Vanguardia “ES” titulado “Japón: luces y sombras“, era la portada del suplemento, donde nos prometían hablar de la fascinación japonesa con una imagen de uno de esos cosplay tan grimosos que utilizan caretas en plan anime (eso ya es una advertencia).

Portada del sumplemento “Estilos de vida” de La Vanguardia (22/01/2011). Con puntero de mouse incluído.

No voy a decir que me indignó. A estas alturas poco me sorprende y poco me ofende lo que puedan decir los medios generalistas. Llevan años convenciéndonos del poco rigor con el que afrontan algunos artículos, por no decir el profundo desconocimiento que existe en algunos casos (algo que, cuando se da de la mano con el sensacionalismo, es un cóctel explosivo que puede provocar desde la indignación a la carcajada). Vale, sí que parece que esté algo molesto (pero ni enfurecido ni indignado).

El caso que nos ocupa hoy es una mezcla de todo esto. Lo firma Luis Muiño, un psicoterapeuta, esto nos hizo suponer que podría ofrecer algo más que la típica visión periodística. Y cierto es que nos ofrece un plus de apuntes culturales interesantes, pero acaba perdiéndose al final en los mismos manidos tópicos de siempre (para proseguir con el post, mejor leer antes el texto).

El artículo empieza con la descripción del caso de un marinero que llega a Japón por accidente en el s.XVI, la atracción que acaba sintiendo por el país le lleva a cambiarse de nombre, a convertirse en ciudadano japonés, renegando de su país de origen. Un ejemplo que pretende ilustrar que la fascinación por Japón es algo que viene de muy lejos. Nos cita algunos artistas japoneses que han tenido gran impacto en Occidente y han contribuido a ese idilio que muchos sienten por el país nipón (Ozu, Kurosawa, Mishima, Murakami…).

Hasta aquí todo bien, pero en una sola frase es capaz de cargarse todo lo que había construído, cuando nos dice,  y él mismo se contradice, que el japonés es el único idioma con una palabra para designar a los extranjeros obsesionados por la cultura local: otaku. Sí parece que se haya documentado algo, al menos se ha dado cuenta de que “otaku” en Japón es algo bastante despectivo, y añade que se usa fuera de Japón para hablar de los fans de manga/anime/videojuegos japoneses, etc (pero que en japonés signifique “extranjero obsesionado por Japón”, ¿de dónde sale?). Es un error, no es tan grave, pero cualquier persona versada en el tema a estas alturas ya se habrá dado cuenta de que quien escribe lo hace desde un conocimiento superficial (y esto es grave, sobretodo después de lo que dice a continuación), siendo más fácil desconfiar de todo lo que vendrá después.

A continuación, el autor hace mención de cuatro elementos básicos que apunta como las claves de la atracción por Japón a lo largo de los siglos. A partir de algunos ejemplos y explicaciones concluye que la sencillez, la sutileza, la sensualidad y la simulación, son las cualidades culturales que han despertado el interés desde los tiempos de Marco Polo hasta las novelas de Amelie Nothomb. Seguramente es la parte menos discutible del artículo, o quizás ahora pequemos nosotros de ignorantes.

Todo seguido lo que nos dice es que la atracción por Japón en la última década no tiene nada que ver con esto (¿entonces por qué nos hemos recreado tanto en ello?), y que los jóvenes occidentales se sienten fascinados por Japón por una pura cuestión estética. Afirma que si no fuese por la estética nipona, la gente no leería los mangas “extensos y de argumento complicado”. Valiente afirmación. Muy debatible. Aunque podríamos argumentarle que hay tantos estilos de dibujar manga como estilos de dibujar cualquier otro tipo de cómic, así como hay muchísimos tipos de historias (complejas o sencillas, largas o escuetas), es cierto que el grueso de los fans se fijan casi siempre en las producciones de éxito más estereotípicas. Aún así, en estas afirmaciones caen varios errores. Uno de ellos es pensar que la fascinación por Japón es algo de la última década. No hace falta que hablemos de la fiebre de Dragon Ball y el boom del manga que hubo entonces. Lógicamente los números no son los mismos, pero esa fascinación por Japón, al menos en occidente, lleva fraguándose desde que Son Goku bajó de la nube kinton y Tokyo explotó por culpa de Akira. Ese público ha crecido, algunos incluso han llegado a madurar, y de estos los hay que han seguido con su fascinación con el manga, mientras que otros se han fijado en otras facetas del país nipón (incluso las que el mismo Luis Muiño descartaba ya como atractivos actuales – ¡eh! algunos de ellos podrían ser incluso lectores de Amelie Nothomb). Cierto es que el autor después cita un testimonio que explica ese boom de los noventa, pero parece que no le hace mucho caso.

Obviaremos la mención al gatostiable, por principios.

Después llega lo que para un servidor es el motivo último del artículo, hablar del “lado oscuro de Japón”. Es decir, todas aquellas cosas malas que ignoramos de un país que, a priori nos parece tan alucinante y fascinante, pero que detrás de eso se esconde un mundo siniestro al que no le prestamos atención alguna, como queriendo obviarlo para no arruinar nuestra fantasía. (Suspiro.) Sí, esto es lo que suele vender estos artículos. Nos encanta buscar el lado oscuro de las cosas. Claro que eso tiene parte de positivo, no siempre es bueno quedarse con imágenes deformadas o poco completas de las cosas (nosotros mismos lo intentamos con Crónicas desde Cipango), pero otra historia es intentar darle la vuelta al asunto para poder tachar a los demás de ignorantes o para recrearse en los aspectos negativos al más puro estilo prensa amarilla. Además… ¿qué tiene que ver el cosplay con los hikikomoris? Es como decir que un japonés no puede bailar flamenco porque desconoce la proporción de esquizofrénicos en España. (Ah, que simplemente querías marcarte un párrafo sobre esta patología. ¡Vale!)

Afirma que los jóvenes ignoran completamente el machismo japonés, el ya mencionado fenómeno de los hikikomori (¿seguro que hay un millón de casos? No está probado.), las tendencias suicidas (el paréntesis que pone es de un amarillismo ridículo), en definitiva, todo aquello que convierte esa “ilusión”, en un país de atrasados e inadaptados sociales. Un servidor estaría por decirle que pregunte a más jóvenes, y no tan jóvenes, lo que saben de Japón, incluso de lo más negativo, y seguramente se sorprendería. ¿Qué encontraremos muchos adolescentes que sólo se quedan con lo superficial y estético? Estoy completamente de acuerdo. Pero ese conocimiento superficial no será exclusivo de su afición por Japón. También tendrán un conocimiento superficial de la política española, de la historia, de como funciona la indústria discográfica, y de casi cualquier tema. Por el simple hecho de ser adolescentes. Y ya tendrán tiempo de profundizar.

Todos los países tienen sus más y sus menos. Todos los países tienen sus complejos y también sus motivos para estar orgullosos. Japón ha sabido vender bien todo lo bueno que tiene, ¿qué mal hay en quedarse con esa parte? La mala también puede ser interesante desde cierto punto de vista y es bueno conocerla, pero es muy demagógico poner en tela de juicio esta fascinación basándose en que existe un parte negativa, cuando todo la tiene. Es también muy fácil emitir juicios sobre los valores de otra sociedad desde la distancia (y sobretodo la ignorancia), así como ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio (¿se ha erradicado el machismo en España?).

Al final, después de hablar con uno de los responsables de una versión menos nipona del Castlevania, Luis Muiño concluye preguntándose si esta fascinación es algo trascendente (por favor, aclare el concepto), o una fascinación superficial (y por lo tanto perecedera). ¿Volvemos a leer el artículo desde arriba? Según parece, la fascinación lleva varios siglos de historia, y el fenómeno del manga, que es menos reciente de lo que indica el autor, lleva años consolidándose (que vaya al Salón del Manga, por favor). Es más, diría que los artículos vaticinando el fin del idílio con Japón son tan viejos como la “dragonballmania”, y veinte años después no es que siga aquí, es que es mucho más fuerte.

Y de todos modos, ¿a qué viene esa pregunta? ¿cuál es el sentido del artículo entonces? Mi conclusión: hablar de Japón siempre vende, si además digo cosas malas y me meto con un colectivo que, en general, la gente no acaba de entender, mucho mejor. He escrito un artículo picando un poco de aquí y de allí, después lo he relacionado como me ha dado la gana, sin tener un conocimiento demasido profundo de las cosas… ¡y chapeau! ¡Portada en el magazine de La Vanguardia!