Whitechapel y el Jack el Destripador del s.XXI

Saludos cosmonautas,

aunque tenemos mucho vídeo de Londres por enseñar, la historia de hoy no tiene soporte gráfico alguno que podamos proporcionar, pero aún así, merece ser contada.

Era sábado por la noche en Londres, y después de cenar justo al lado del famoso Tower Bridge de Londres, vimos que era el lugar y el momento ideal de iniciar nuestro paseo por el distrito de Whitechapel. Un lugar que se hizo muy famoso porque Jack el Destripador empezó sus andaduras ahí en 1888. El misterio de su identidad y motivos sigue siendo una incógnita hoy en día, y aún se pueden leer de vez en cuando teorías e investigaciones en los periódicos.

Nosotros no íbamos a resolver el caso, pero dar un paseo de noche por la zona tenía cierto morbo. Además, la guía que leímos aseguraba que era uno de esos típicos barrios de clase baja (en el East End) que poco a poco se van modernizando y volviéndose más cool gracias a nuevos inquilinos. Quizás las 23h de la noche no era la mejor hora de comprobarlo, y andando por Brick Lane, una de las arterias principales, básicamente nos encontramos con decenas de restaurantes y negocios regentados por indios, pakistaníes, bengalíes, etc, que convivían con un buen número de locales nocturnos. Estaba claro que en Whitechapel predominan los inmigrantes, pero los londinenses blancos también van allí para salir de fiesta.

No conseguimos localizar ninguna de las famosas calles donde Jack el Destripador cometió sus fechorías, pero al final de la larguísima Brick Lane encontramos un local que nos convenció para entrar a tomar unas copas antes de irnos a dormir. Nos llamó la atención que un sitio así, más tirando a bar que a discoteca, tuviese un gorila en la puerta revisando bolsas y demás, pero poco después descubriríamos la razón.

A los pocos minutos de estar ahí, uno de nuestros vecinos de mesa casi se me echa encima intentando ver a través de la ventana lo que estaba ocurriendo en la calle. Se disculpó, y de su conversación con sus amigos sólo conseguí oír que hablaban de “gypsies” (gitanos literalmente, aunque no sé si tiene otro sentido). El caso es que finalmente nos dimos cuenta del percal que se había montado a 20 metros de nosotros, cruzando la calle.

No sé qué cara debimos poner al ver que en el restaurante turco de enfrente había un hombre muy alterado bloqueando la puerta, impidiendo la salida de otro… con una espada en la mano. Era difícil de creer, pero ahí estaba ese hombre dándole una paliza al que parecía ser uno de los camareros, que quizás intentaba dialogar con él, pero este le respondía a golpes. Lógicamente, el camarero no se los devolvía, ni nadie hacía nada, porque el tío estaba blandiendo una espada (bonito palabro “blandiendo”).

Es curioso como se para el tiempo en momentos así, y difícilmente podríamos estimar cuantos minutos pasamos observando la escena desde dentro del local (¿quién se atrevería a salir fuera?). Había algunos curiosos que lo veían desde la lejanía, y entre ellos, uno de los camareros del restaurante turco que había conseguido escapar y llamar a la policía. Y la policía tardó.

Entonces mi instinto blogger empezó a aflorar, ¿debería sacar la cámara? ¿serviría a la policía como prueba? ¿y si me ve el tío y luego viene a por mi? Mientras me debatía sobre si sacar o no la cámara de vídeo, y sin que sepamos el motivo, el espadachín salió corriendo del restaurante espada en mano. Por un momento pensé que venía hacia nuestro bar, ya que parecía haber tomado esa dirección. Cuando yo ya me había levantado para salir de ahí rompiendo la barrera del sonido, me di cuenta que el tío pasó por delante del gorila de nuestro bar pero siguió corriendo por otra calle, y un grupo de gente empezó a perseguirle. Pensé que quizás era el momento de unirme a la masa enfurecida para coger a este individuo y darle su merecido, pero no tenía ni una katana ni nada contundente para defenderme, así que mejor quedarme sentadito donde estaba.

Mientras digeríamos lo que acababa de pasar llegó la policía en tromba. Puede que fuesen unos 9 o 10 oficiales, quienes sin duda llegaron demasiado tarde. Nos quedó bastante claro que no habían conseguido atraparle, y también que el camarero apalizado estaba vivito y coleando, afortunadamente más asustado que herido. Esperamos un rato aún en el bar, para ver si al final pasaba algo más, y lo único que vimos fue una skater borracha dándose un porrazo con una farola y provocando al portero de otro bar. Así que finalmente decidimos irnos, pero no por donde habíamos venido, y no teníamos intención de coger el metro o el autobús, no cuando el Jack el Destripador del siglo XXI seguía campando libremente por Whitechapel blandiendo una espada.