Istanbul, ah Istanbul

Saludos cosmonautas,

poco a poco iremos soltando prenda de lo que ha dado de si esta semana en la que hemos dejado litros y litros de sudor por las calles de la antigua Constantinopla. Pero creemos que sería bueno empezar por una breve valoración global del viaje, que nos sirva para ordenar en nuestra cabeza la experiencia vivida.

Pongámonos en antecedentes. Llevamos desde el 2006 haciendo viajes largos, 3 veces a Japón, un par a China, un viaje a Estados Unidos por enmedio, y otras fugaces escapadas a algunas capitales europeas. No podemos quejarnos del ritmo y la distancia cubierta, pero este año con una mudanza por enmedio tocaba hacer algo más corto (y barato). Y aunque hubo cierta dicusión, al final se decidió ir a Istanbul (y aquí el precio fue un argumento de peso). Debemos confesar que no íbamos con mucha predisposición, estábamos llenos de prejuicios, y lo que más temíamos era que nos metiésemos en una especie de trampa para turistas. Pero en seguida, y a través de Twitter, muchos nos animaron y nos aseguraron que Estambul nos iba a gustar, que nos sorprendería. Y nos convencieron, nos íbamos con mayores expectativas.

Estos siete días se conviertieron en una especie de travesía por el desierto. Primero, por el calor sofocante. Segundo, porque apenas encontramos lo que estábamos buscando, aunque en realidad tampoco sabíamos lo que era. No ayudaba en absoluto que los turcos apenas sepan lo que es el aire acondicionado. Y es que cuando uno sufre tanto calor, el viaje puede verse condicionado por la falta de energía y las constantes búsquedas de sombra y refresco. Pero vamos, que aún así nos pegamos horas y horas de pateadas cubriendo largas distancias.

Como siempre hay una primera vez para todo, el mismo día de nuestra llegada pusimos nuestros pies descalzos por primera vez en una mezquita. Y hacerlo en una de las grandes mezquitas que hay en Istanbul es hacerlo por la puerta grande. Fue de lo que más nos gustó del viaje. A pesar de la cantidad de visitas, se puede captar esa tranquilidad, esa atmósfera que invita a la meditación y la contemplación. Aparte de esto, en la famosa Mezquita Azul también se puede captar el horrendo tufo de pies de los miles de turistas que pisan sus alfombras cada día, ¡yeargh!

A esto le siguieron las visitas al museo de Aya Sofia, el Palacio de Topkapi (del que os recomendamos que paséis directamente al harén), los bazares y otras partes de la zona de Sultanahmet, la zona turística por excelencia de la que algunos visitantes apenas llegan a salir durante su estancia. Seguramente es la parte més “exótica” de la ciudad, pero al mismo tiempo es también la más turística,  y por lo tanto, la más explotada y de las menos “auténticas” de Estambul. Es cierto que hay un pedazo viviente de historia en cada rincón, pero esta todo tan bien puesto, tan bien arreglado, y tan lleno de gente… En definitiva, es de las partes que menos nos gustaron, y a pesar de sus esplendorosos monumentos, tanto turisteo acaba con las ganas que tiene uno de visitar y explorar.

Maria, fiel cosmonauta, nos advirtió que nos iba a gustar mucho más la zona moderna (léase occidental) de la ciudad, y no se equivocó. Cruzamos el puente de Galata en varias ocasiones para dirigirnos hacia la zona de Taksim, donde encontramos una gran calle comercial, también turística, pero que se comparte con los turcos de a pie, donde hay menos exotismo, pero se puede apreciar mejor como viven algunos de los habitantes de Estambul.

Sin duda, este es uno de los grandes contrastes que siempre se mencionan en cualquier guía, blog, o conversación sobre esta ciudad a caballo entre Europa y Asia. Al oír esto, nos vino a la mente el país en el que más contrastes entre lo moderno y lo tradicional hemos encontrado, Japón. Pero después de una semana ahí, después de habernos paseado por las zonas más turísticas, por zonas residenciales de clase media y baja, por la parte europea, por la parte asiática… la conclusión a la que llegamos es que más que contrastes culturales, lo que existe en Estambul son diferencias económicas. Es decir, la gente adinerada (o clase media alta) vive de una forma mucho más occidental, viste y vive como tal. Por otro lado, aquellos con menos recursos lo hacen todo de una forma más “tradicional”, eufemismo para decir que viven de forma pobre. Y parece que incluso Orhan Pamuk, el Premio Nobel de Literatura originario de Estambul, está de acuerdo con nosotros.

No es que nos aterre o no vaya con nuestro estilo visitar zonas menos desarrolladas, de hecho lo hicimos en nuestro viaje a Shanghai y fue precisamente en el Old Town donde más nos sorprendió la ciudad, pero lo cierto es que las zonas más pobres de Estambul lo eran en todos los sentidos, y ni siquiera parecían ofrecer ese toque “exótico” (otro eufemismo) que uno puede encontrar en otras zonas deprimidas del mundo. En muchos viajes nos dejamos llevar, improvisamos, nos salimos de la ruta para dejarnos sorprender, pero aquí, cada vez que lo hacíamos, el tiro nos salía por la culata y acabábamos andando bajo el sol por barrios decadentes (sin encanto) y con menos vida de la que uno esperaba.

Esto no significa que Estambul no tenga nada de interesante, quizás nosotros hemos tenido mala suerte esta vez. También es posible que nuestros anteriores viajes a países más lejanos hayan puesto nuestro listón demasiado arriba. Tampoco es cuestión de engañarse, Estambul es el exotismo barato para los europeos. Es decir, con vuelos de poco más de 3 horas, y a unos precios ridículos, uno puede viajar a un sitio “exótico” y en principio muy diferente culturalmente, pero en el fondo no es para tanto.

Estamos seguros de que muchos de los que han viajado a Estambul y han leído este artículo podrán rebatir nuestra opinión, y eso esperamos que hagan en los comentarios, pero para nosotros este es el primer viaje en el que, al volver a casa, no hemos sentido en ningún momento la sensación de que aún teníamos cosas pendientes por ver o hacer en Estambul. De todos modos, y aunque parezca mentira que lo diga después de esta parrafada, Estambul tiene encantos y tiene cosas interesantes e incluso #TLQM (ya vimos el Museo del Juguete), así que os seguiremos ofreciendo algunos posts con fotos y videos de lo más destacable de nuestra visita. Porque sí, porque nos lo pasamos bien (y porque cuando uno vuelve de un viaje, casi siempre olvida todo lo malo – o casi todo).