de figurante en una rueda de reconocimiento

Saludos cosmonautas,

más de uno lo ha comentado “lo que no te pase a ti…”, y visto lo visto, algo tendrán de razón. Lo último, me ha tocado asistir como figurante en la típica rueda de reconocimiento que tantas veces hemos visto en series y películas policíacas. Estoy seguro de que la mayoría de vosotros no habréis vivido antes la experiencia, también he comprobado que la mayoría ignoramos como funciona y lo que implica este proceso. No sé si todo se desarrolla siempre de la misma forma, pero así es como sucedió en mi caso.

¿Cómo llega uno a ser figurante de una rueda de reconocimiento? En mi caso, por pura casualidad o mala suerte. Por estar en el sitio indicado en el momento adecuado… o todo lo contrario. Volvíamos de casa después de nuestro paso por Dos Hermanas para presentar Crónicas desde Cipango, cansados, pero contentos de llegar a casa. A un par de calles de nuestro destino, vemos de lejos un coche de los mossos d’esquadra, del que bajan un par de agentes que caminan hacia nosotros. Uno de ellos se dirige a mí, y pienso que van a preguntarme alguna dirección, pero de repente suelta: “Tenemos que darte esta citación judicial.”

Tanto yo como la Comandante nos quedamos a cuadros, será un error. Pero no me alarmo, no he hecho nada, ¿pero a qué viene todo esto? ¿Ha empezado a funcionar la Ley Sinde? Rápidamente me explican que van a citarme para hacer de figurante en una rueda de reconocimiento. He tenido la mala suerte de parecerme al acusado, y como buscaban alguien alto, me va a tocar asistir al juzgado de guardia para el reconocimiento. Me toman los datos y me comentan que si tengo algún problema para asistir hay un teléfono en el documento. ¿Significa esto que puedo negarme? Después descubrí que estoy obligado constitucionalmente, como sucede en las elecciones. El juzgado requiere mi presencia.

Una de las primeras cosas que preocupan y que todo el mundo me ha preguntado es: ¿y si el testigo te identifica a ti como el culpable? ¿Entonces qué pasa? ¿Te juzgan? ¿Te llevarán a la cárcel y mancillarán tu precioso culo? Tener una abogada el lado tiene sus ventajas. No tengo nada que temer. En estos procesos ya existe un acusado, y las ruedas de reconocimiento sirven para que el testigo identifique con certeza al acusado, teóricamente, entre personas parecidas. Si no es capaz de distinguirlo entonces no será “un testigo de fiar”, si me señalasen a mi, entonces simplemente se invalidaría ese testimonio, yo me iría a casa, y es posible que el acusado también. Así que si alguna vez os lo piden, no sufráis por vuestros culos.

Llega el día señalado, me libro de ir al trabajo y con puntualidad absoluta llego al juzgado de guardia, donde recogen mi DNI que guardarán hasta que haya terminado el tema. Me siento y creo que soy el primero de los figurantes, ya que soy el único tío de dos metros que hay por allí.  A mi lado parece que tengo un imputado por otra causa, y su abogado le advierte de que seguramente van a pedirle que participe en una rueda de reconocimiento. No creo que sea la mía, porque no nos parecemos en nada, ni siquiera en la altura. Él parece que se niega, que no quiere meterse en otro lío. Al poco tiempo una de las funcionarias le aclara que no puede negarse, está obligado legalmente, y además, aún le queda tiempo para que le toque su juicio. El tío se cabrea bastante.

Al poco rato me avisan de que ya puedo pasar a la sala de reconocimiento, y ante mi sorpresa veo que el tío del lado y tres tíos más, de no más de 1,80 ms. entran conmigo. ¡Yo que me esperaba encontrar una tribu de masais! ¡Un equipo de baloncesto! Y al final resulta que paso dos palmos a los otros cuatro sujetos, y encima nadie se parece físicamente. ¿Pero esto qué es? Si yo fuese el abogado defensor, impugnaba la prueba.

La sala no tiene nada de glamour, es muy pequeñita y no tiene las típicas líneas con la altura ni nada parecido. Sí tenemos el clásico espejo, a través del cual nos pueden observar en la sala contigua. Lógicamente nosotros no vemos más que nuestros reflejos. Las miradas de los cinco se dirigen principalmente al espejo, donde comprobamos, y algunos verbalizan, nuestro nulo parecido físico. Dos de los individuos, uno de ellos el que tenía al lado, empiezan a quejarse de tener que estar allí. En seguida me doy cuenta que para algunos no es su primera vez en la rueda de reconocimiento. Se conocen el proceso, y uno de ellos tranquiliza a los otros: “si te señalan a ti, te libras tú y se libra el acusado.”

Y aquí empieza el juego. ¿Quién será el acusado? Nadie nos lo ha dicho, y estoy seguro de que el encausado no va a hacerlo por propia voluntad. Mi “amigo” de antes empieza a decir que esto es por una pelea algo salvaje. Discretamente voy observando a los cuatro individuos: el “amigo” no puede ser porque está por otro tema, el que no para de hablar no me lo parece precisamente por su verborrea, al tercero, que diría era suramericano (aunque no estoy seguro), se le ve demasiado nervioso y preocupado, y el cuarto… el cuarto es el que en ningún momento dice nada. Empiezo a pensar que será él por su silencio, pero lo mismo pueden pensar de mi, ya que no estoy entrando en ningún momento en la conversación.

Al rato entra una funcionaria con una lista, nos pone en un orden determinado y nos da una tarjeta con un gran número a cada uno. Nos situamos, se va, y sonrían para la foto. Nos damos cuenta de que alguien ha entrado por el otro lado. Intento no poner cara de criminal. Las conversaciones siguen, y mi repertorio de sonrisas de compromiso empiezan a terminarse. Van pasando los minutos, la funcionaria va entrando con una nueva lista, y nos vamos cambiando de número y sitio cada vez. Al parecer, tenemos que “posar” para tres testigos, y para cada uno de ellos hay dos “pases de modelos”. Es por eso que llegamos a cambiar de posición hasta seis veces, e incluso a los demás les hacen cambiar algo la ropa que llevan (con chaqueta, sin chaqueta, cremallera arriba, cremallera abajo), aunque a mi no me hacen cambiar nada, seguramente porque es más que obvio que soy el que está de relleno ahí.

De hecho, la evidente falta de parecido, sumado a la más que obvia experiencia en procesos así que tenían algunos de los presentes, hace que empiecen a elucubrar teorías. De repente, el parloteador suelta: “a veces también se ponen los mismos mossos infiltrados aquí, éste seguro que es mosso.” Las miradas se clavan en mí, dejando claro que mis centímetros de más son muy sospechosos, y no sé como reaccionar, no soy muy hábil en las conversaciones poligoneras. “No, no soy mosso… aunque da igual lo que diga, ¿no?” El “amigo” me hace una miradita en plan “y qué lo digas, tienes pinta”. A lo que el charlatán añade: “yo no dejaré de pensar que eres mosso hasta que no nos vayamos a comer por ahí juntos”. GLUPS.

Nos vuelven a cambiar de sitio una y otra vez, pero a medida que van pasando las rondas el “amigo” se va mosqueando. Él está convencido de que el encausado lo han traído los mossos y lo tienen en la planta de abajo, donde creo que están los calabozos. El tío insiste en que no tiene sentido que hagamos esta rueda sin el acusado, y el que no para de hablar no deja de asegurar que “el culpable está en su casa”. Cuando la charla macarra no avanza más, y el “amigo” empieza a estar más inquieto, entra la funcionaria, y le suelta: “pero a ver, ¿qué sentido tiene que hagamos esto si el acusado no está aquí?” La funcionaria insiste en que todas estas pruebas se hacen con el acusado, que por eso se hacen. Pero el “amigo sigue convencido”: “Pero si el tío ese está abajo.” La funcionaria se da cuenta que ya no puede esconderlo más y suelta: “¡pero si el encausado es este señor de aquí!” Y señala a ese que no dejaba de hablar. Se descubre el pastel. El tío se había pasado todo el rato hablando, intentando despistar. Y encima, ahora resultaba que era el que me había fichado como mosso. ¡Menuda gracia!

Y finalmente acaba la rueda de reconocimiento. Llega el momento de firmar unos papeles que corresponden a cada una de las rondas que hemos hecho. Firmaremos por duplicado aquellas rondas en las que el acusado ha sido reconocido, algo que él parece saber muy bien, porque con un simple vistazo a los papeles se da cuenta de que le han reconocido dos de los tres testigos. Parece que lo tiene crudo, a pesar de que insiste que “el auténtico culpable está en su casa.” Algo que no descubriré, porque ni sé de qué le acusan ni me importa. Ha sido una experiencia, sin duda. No es que me haya sorprendido, porque en el fondo no se aleja mucho de lo que podemos ver en series y películas, pero el desarrollo es bastante más de “andar por casa”. En fin, nos podemos volver a casa habiendo cumplido nuestro deber como ciudadanos de un Estado de Derecho. Con el culo intacto… ¡pero sin cobrar un duro!