Muy Interesante y los hikikomoris

EDIT: Rectificar es de sabios, y esto es algo que nos han demostrado la gente de Muy Interesante. Nos quejábamos de que no habían siquiera agradecido la correción que contamos en este post. Pero sí lo hizo la propia autora personalmente, y no nos dimos cuenta de que era ella. Fue a través de Twitter. Así que podéis obviar la parte en la que nos quejamos del comportamiento de Muy Interesante. Pero de todos modos, muchas de nuestras quejas siguen vigentes para otros medios, y seguimos reclamando mayor rigurosidad.

Saludos cosmonautas,

no es la primera vez que usamos este blog para meternos con la prensa profesional, y seguramente tampoco será la última (¿seremos unos periodistas frustrados y por eso les odiamos tanto?). Normalmente nos metemos con ellos porque, a pesar de ser unos “profesionales” (es decir, que cobran por lo que escriben/dicen), cometen grandes gazapos en todos aquellos temas que no dominan (la mayoría), ayudando a la desinformación, uno de los grandes males encubiertos en esta supuesta era de la información.

Entendemos que los periodistas no pueden dominar todos los campos, y que todos cometemos errores, especialmente si tratamos un tema que no conocemos. Pero demasiado a menudo, muchas de estas cagadas se podrían haber evitado con un poquito más de bibliografia, y en algunos casos, con una simple búsqueda en Wikipedia (¿la era de la información y eso?). Aún así, parece que les cuesta, que ya les basta con rasgar la superficie, y que se trata de impresionar al lector/espectador más que intentar darle una información fiable.

La rabieta de hoy nos llega gracias a la página web de la revista Muy Interesante. A través de Twitter llegamos a un breve artículo de una sección de preguntas y respuestas, en la que contestan a la pregunta: ¿qué significa hikikomori?

En esta entrada, que firma Elena Sanz, se definía al hikikomori como una persona adicta a la tecnología (videoconsolas, Internet, etc.), que no sale de casa por causa de esa adicción,  ya que le mantiene pegado a la pantalla descuidando totalmente su vida social y familiar. Además se añadía la ya clásica coletilla de que en Japón se calcula que hay un millón de personas que sufren esta enfermedad (no podemos reproducir el texto exacto porque ha sido cambiado).

Esta definición no encaja demasiado con lo que nosotros concebíamos como “hikikomori”, y aunque no somos unos expertos, llevamos ya unos cuantos años oyendo y leyendo cosas al respecto. Tal y como tenemos entendido, y así lo verifica una simple consulta a la Wikipedia, el hikikomori es alguien que se recluye en su habitación huyendo del contacto social, buscando el aislamiento por temor a enfrentarse a la sociedad. Un problema que surge, habitualmente, a raíz de algún tipo de fracaso a nivel social, como puede ser suspender unos exámenes o los abusos en el colegio/instituto (bullying). También aprendimos que esa famosa cifra “estimada” de un millón de habitantes (que se citó en un documental que “destapó” el asunto para los occidentales), son en realidad unos números muy poco fiables. Básicamente porque la vergüenza que supone para una familia tener un hijo hikikomori hace que no lo mencionen nunca, y que no busquen ayuda (lo cual agrava el problema). Visto así, parece difícil hacer una estimación.

Por otro lado, si el individuo en cuestión es o no un adicto a “las maquinitas” es algo secundario dentro de esta patología. Está claro que una adicción a la tecnología podría ser causa del aislamiento social (como lo pueden ser muchas otras adicciones), pero en ese caso hablaríamos de un problema de adicción y no de “hikikomoris”. De hecho, la palabra “hikikomori” significa “confinamiento” (sin tener connotaciones teconológicas). En defintiva, lo que se hizo en este artículo fue coger la parte por el todo, y podemos llegar a la conclusión que los prejuicios existentes sobre los japoneses, esas imágenes estereotipadas de frikis obsesionados por la tecnología, han hecho el resto.

En un afán por ayudar a la gente de Muy Interesante, y también riñiéndoles un poco (todo hay que decirlo), dejamos un comentario en su página web indicándoles su error en la definición del concepto, dándoles unas pistas de por donde tenían que ir los tiros. Lo sorprendente del caso es que, al cabo de unas horas, volvemos al post y lo habían corregido, dando una definición bastante más adecuada de la historia. Nos alegramos de que no se les rasgaran las vestiduras por hacer correcciones. Pero volvimos a decepcionarnos cuando nos dimos cuenta de que habían borrado nuestro comentario.

El artículo corregido.

Entendemos que, después de la corrección, nuestro comentario podía despistar ligeramente a quien se pusiera a leer los comentarios, pero quizás una respuesta por parte del administrador o moderador de la página web agradeciendo la corrección, o explicando el error habría sido lo normal. Hoy en día todo se edita y se corrige, borrando cualquier rastro de los errores, pero tampoco creemos que sea tan terrorífico tener una especie de “fe de erratas 2.0”. Aparte de esto, un comentario de agradecimiento es de recibo, ¿no? Pues por ahora, ni mu.

Y no es la primera vez que vemos algo parecido. Parece que a muchos de los “periodistas de verdad” les cuesta reconocer sus errores o citar las fuentes de su información (de hecho no hay ninguna mención a bibliografía en este artículo), y es bastante indignante ver como mucha gente que se dedica a comunicar cosas por pura afición, es mucho más ético y cuida mucho más los detalles de este tipo que alguien se supone está formado para hacerlo y cobra por ello.

En fin, no es que vayamos a pedirle a Muy Interesante que se conviertan en una revista científica académica, sabemos qué tipo de contenidos venden. Pero algo de educación tampoco les vendría mal. (EDIT: Cómete tus palabras Urías. Elena Sanz se ha disculpado. )