MAD MEN: tabaco, alcohol, machismo y publicidad

Saludos cosmonautas,

en la Arcadia tenemos algunas normas, no muy estrictas, sobre aquellos contenidos que queremos presentaros. Una de ellas es que, en general, no queremos hacer reseñas de cosas nuevas y ampliamente conocidas. Es decir, no hacemos críticas de las películas que hay en la cartelera, tampoco comentamos las nuevas series que se han estrenado o que siguen en antena. Sobretodo porque queremos hablar de aquellas cosas que han consolidado su estatus de #TLQM, algo que normalmente requiere tiempo.

“Mad Men” es la última serie a la que estamos enganchados, especialmente gracias a la Comandante. Una serie que sigue en antena, y que por eso no tocaría hablar de ella, pero teniendo en cuenta lo rápido que se mueve esta nueva dimensión paralela de las series, parece que “Mad Men” ya no está tan de moda, especialmente porque este año ya no ha ganado los Emmy habituales (pero llevaba ya 13 y 4 Globos de Oro).

Cierto es que “Mad Men” es una serie que le habían recomendado expresamente a un servidor, principalmente por tratar un tema con el que estamos bastante familiarizados en nuestro día a día. Los “Mad Men” del título hacen referencia a esos locos publicistas del New York de los años 60 (aunque la serie empieza un poco antes), unos personajes que viven una vida bastante loca, parecida a la de los “ejecutivos agresivos” de los 80, y que básicamente se creen los reyes del mundo.

Pero más allá de contarnos el día a día de las oficinas de la agencia publicitaria Sterling Cooper, la serie no deja de ser un repaso de la historia de los Estados Unidos en los años 60. Un momento en el que se estaban gestando cambios importantes y profundos en la sociedad americana, pero que aún no habían explotado, y por lo tanto se seguía funcionando con algunos de los valores de la “América post-WWII”. Los hippies aún no habían llegado (aunque algunos aparecen), y viendo como se comportan algunos de los energúmenos protagonistas, parece que realmente eran necesarios.

Y es que en Mad Men nadie se salva. Nadie es perfecto, y mucho menos Donald Draper y sus colegas. No esperéis una serie en la que tenemos los personajes “buenos” y los personajes “malos”. Aquí cada uno tiene su defectos y debilidades, por no decir que la mayoría de los hombres que aparecen son unos auténticos calaveras despreciables con grandes cualidades: machistas, racistas, adúlteros, alcohólicos y lo peor de todo… ¡fumadores!

En “Mad Men” se ha pretendido hacer un ejercicio que pocas veces vemos en series y películas que pretenden recrear una época, han procurado que el comportamiento de los personajes, hasta sus más simples gestos, encajen con la realidad de los años sesenta. Han cuidado mucho los detalles, tanto, que incluso a veces se pierden demasiado en ellos y te distraen (y no lo decimos por la ropa interior femenina auténticamente sesentera que llevan y enseñan a menudo las chicas). Así pues, veremos como prácticamente todo el mundo es fumador, incluso las mujeres embarazadas fuman delante de sus otros hijos, y las teorías que aseguran que el tabaco es perjudicial, se ven como una tomadura de pelo.

Fuman y beben tanto, que incluso te vuelve a parecer que fumar sea la próxima nueva moda.

Sus personajes beben, también de forma constante. Cualquier excusa es buena para abrir la botella y celebrar el desenlace de una reunión con el cliente. Y nos muestran a un ex-alcohólico con sus más que comprensibles problemas a la hora de socializar dado su obligada condición de abstemio. Ni siquiera un infarto parece motivo suficiente para dejar de beber y fumar como cosacos.

Las mujeres tienen también un papel importante en la serie, a pesar del título, pero ellas siguen ocupando un lugar de segunda en la sociedad. O son secretarias (siempre dispuestas, a lo que sea), o son amas de casa a las que sólo les preocupa impresionar a sus invitados con una buena cena. La mayoría tienen muy claro cual es su lugar, y aunque sufren por ello, la mayoría aceptan su condición como buenas esposas o mujeres solteras que únicamente pueden aspirar a encontrar un buen marido que las retire.

Pero esto es algo que poco a poco vamos viendo que empieza a cambiar. Una de las secretarias acaba trabajando codo con codo con los hombres, aunque la puteen colocando en su despacho la fotocopiadora (un nuevo gran invento). Y ojo, que quien más quiere putearla no son los hombres, sino las propias mujeres. La mujer del protagonista es la perfecta ama de casa estilo Grace Kelly, y aunque vive resignada su vida en los suburbios, cuando su equilibrio de perfección se rompe se da cuenta de que quizás no quiere que esto sea así. Y la mandan al psiquiatra, mientras su marido se pasa el día retozando con algunas de sus clientas.

A pesar de tanto estereotipo, hay que insistir en que la mayoría de los personajes tienen una personalidad compleja y nada plana. Cuando vemos a un personaje como “el bueno”, fácilmente nos decepcionaremos al ver algunas actitudes que empañan totalmente esa imagen. Al mismo tiempo, veremos personajes que de entrada nos parecen despreciables, que tienen algunos gestos que nos sorprenden. Ah, y todos, todos, mienten. Constantemente. Pero en cierto modo, los guionistas lo tienen fácil para jugar con nosotros en esta montaña rusa de aprobación y desaprobación que sentimos en cada episodio. En parte, la serie funciona precisamente porque juegan con nuestra perspectiva, con nuestros valores de “jóvenes y no tan jóvenes del siglo XXI”, algunos de los detalles que nos muestran nos parecen de escándalo: ya sea porque tenemos una mayor conciencia ecologista, porque en algo hemos avanzado en la igualidad de las mujeres, o porque fumar es el nuevo pecado original.

Pero ese cuidado en los detalles, una de las grandes cualidades y ganchos de la serie, puede ser también una de sus debilidades. Como decíamos, a veces uno se pierde en los detalles. Todos esos tics que nos escandalizan centran toda nuestra atención, algo que va en contra del desarrollo argumental. Una de las críticas más feroces hacia la serie afirma precisamente que Mad Men está totalmente vacía en cuanto a argumento, algo con lo que estaríamos parcialmente de acuerdo, aunque aún nos faltan algunas temporadas por ver. La serie va avanzando poco a poco, pero no parece que exista una gran trama que es lo que nosotros le pediremos a una serie para que nos enganche del todo. Está claro que la cuidadísima ambientación, que el esmero con el que han querido recrear las actitudes y valores de los primeros años sesenta son uno de sus grandes bazas, un atractivo importante que hace que recomendemos la serie. Pero si la cosa tiene que quedarse ahí, ese gancho inicial perderá su fuerza.

Habría muchísimas más cosas a comentar de la serie, pero lo mejor será que le déis una oportunidad a su primera temporada, si aún no la habéis visto, y nos lo contéis. Pero para terminar queremos haceros notar el impacto que ha tenido “Mad Men” en las modas que ahora nos llegan de Estados Unidos. Quizás sea casualidad, pero seguro que más de uno se habrá dado cuenta de que últimamente nos llegan un montón de cantantes y grupos con un sonido y una estética claramente inspirados en los años 50 y 60 americanos. Y ni siquiera se intenta “modernizar” ese sonido, simplmente se recrea hasta el último detalle. Productores, diseñadores y artistas americanos, sinceramente, ya cansa.