Los juegos del hambre [Sólo puede quedar uno, las distopías juveniles]

Saludos cosmonautas,

cerramos nuestra trilogía sobre distopías juveniles, con la obra más actual y más de moda del momento. La que ha servido de excusa para estos tres posts que nos hablan de competiciones a muerte entre adolescentes. Siempre bajo el mismo lema: sólo puede quedar uno.

Los juegos del hambre (The hunger games) de Suzanne Collins (2008)

No sólo hemos dejado “Los juegos del hambre” para el final por una cuestión cronológica, sino también porque esta novela ha sido acusada varias veces de ser un plagio absoluto de “Battle Royale”, o de haberse inspirado en exceso en “La larga marcha” de Stephen King (y era bueno conocerlas antes). Respecto a la novela de King, creemos que las distancias son considerables y que no hay nada malo en inspirarse en otras obras. Pero es cierto que su parecido con “Battle Royale” es bastante más sospechoso. La autora ha salido al paso diciendo que no conocía la película, manga o novela japonesa, y que su inspiración le llegó haciendo zápping, mientras alternaba imágenes de la guerra de Irak y un reality show. Sus neuronas se conectaron, lo combinó con el mito de Teseo y el Minotauro, y así apareció “Los juegos del hambre”. Cierto es que Battle Royale tampoco fue la primera obra en plantear algo similar, pero algunos de los paralelismos y ocurrencias de Collins a veces resultan muy familiares.

De las tres obras reseñadas, esta es la que mejor nos explica el contexto en el que se desarrolla la acción (las otras apenas se esfuerzan en hacerlo). Aquí nos encontramos con una especie de futuro post-apocalíptico en unos EEUU ahora llamados Panem, un país controlado por el Capitolio, uno de los “distritos” que ganó una guerra años atrás y que ahora dirige con mano de hierro los demás estados del país. La protagonista es Katniss, una jovencita de 16 años que vive en uno de los distritos más pobres y castigados. Huérfana de padre, y con una madre algo ausente, ella es la encargada de conseguir lo necesario para que su madre y su hermana pequeña puedan sobrevivir el día a día. Es una chica espabilada (a veces da un poco de rabia), que suele escaparse de los límites de su ciudad para encontrar alimento en los bosques que la rodean.


Como medida de control y a la vez castigo, el Capitolio organiza cada año un grandioso evento nacional llamado “Los juegos del hambre”. De cada uno de los trece distritos (perdón, doce, uno fue fulminado) saldrán dos participantes escogidos por sorteo, un chico y una chica menores de edad a los que llamarán tributos, que entrarán en una competición a muerte televisada. Y ya sabéis, sólo puede quedar uno. A partir de ahí, los tributos serán preparados por varios asesores de imagen y anteriores ganadores de la contienda, quienes tratarán de convertirlos en candidatos atractivos para posibles benefactores. A diferencia de las otras obras en las que el público existe pero no interviene para nada y su contribución es mínima o nula, en “Los juegos del hambre” el público y las audiencias tienen una influencia directa en el juego que tiene lugar en la “arena” (¿una alusión al espectáculo del circo romano?). Es por eso que la imagen es tan importante. Si le caes en gracia a alguien, es posible que te puedan ayudar en un momento determinado con medicinas, armas o alguna otra cosa. Si les cae mal, no esperes nada, o espera lo peor, ya que los mandamases de “Los juegos del hambre” son casi como seres todopoderosos capaces de hacer cualquier cosa que les venga en gana.

Al caer bajo la etiqueta de “literatura juvenil”, podéis imaginaros que hay una buena dosis de romance entre los protagonistas del tipo “ahora te quiero-ahora no te quiero”, y quizás sea esta una de las partes menos interesantes de la novela (aunque a cambio de aguantar tanta cursilada tienes una buena dosis de violencia y sangre). Pero en realidad, lo que prima en “Los juegos del hambre” es la acción, así como el detalle con el que se nos explica el funcionamiento de la competición (algo que contrasta con el enfoque más psicológico de “La larga marcha” o el interés por las relaciones interpersonales en “Battle Royale”). De esta manera, la lectura nos engancha por dos frentes. Primero descubriendo la maquinaria de “Los juegos del hambre” como espectáculo televisivo centrado en las audiencias.  Si la novela cojea con ese estereotípico romance, no se puede decir lo mismo de su habilidad por crear un mundo diferente, que una vez más se construye llevando al extremo una realidad (la de los reality shows). En segundo lugar, por la trepidante acción (a pesar de ser un poco demasiado buena en todo, Katniss se postula como una de las superheroínas con más personalidad del momento) y los giros argumentales que se suceden uno tras otro. La novela tiene un ritmo endiablado, y es fácil que te enganches y no quieras dejarla hasta llegar al final (nosotros la leímos en tres días).

La historia de “Los juegos del hambre” no termina aquí, ya que las aventuras de Katniss continúan formando una trilogía (que aún estamos esperando que nos llegue a nuestro buzón). “En llamas” y “Sinsajo” son la segunda y tercera parte respectivamente. Además, en breve podremos ver la adaptación cinematográfica de la primera novela, cuyo tráiler es bastante prometedor:

Y así finaliza esta trilogía de posts sobre distopías juveniles, en las que hemos visto un clásico, una película de culto, y la nueva sensación del momento. No os diremos cual es nuestra favorita, ni tampoco os recomendaremos con cual empezar primero para no sesgar vuestro juicio. Pero os podemos asegurar que nosotros hemos disfrutado de todas ellas.

Si os habéis perdido los post anteriores, sólo tenéis que hacer clic en los títulos:

“La larga marcha” de Stephen King

“Battle Royale” de Kinji Fukasaku