Viajes: Tian’anmen, Urías y los monjes budistas

Saludos cosmonautas,

una semana más, y a petición de algunos cosmonautas, comentamos nuevas anécdotas del viaje a China que hizo Urías hace tres años y que recuperamos en preparación de la próxima expedición de la Arcadia, de nuevo, al reino interior. Esta semana no tenemos ni aventuras místicas ni recorridos por callejuelas de Shanghai, si no de un encuentro religioso peculiar…

Tian’anmen, una de las plazas más famosas del mundo. No solo es la mayor plaza del mundo, si no que además lleva mucha historia encima, que reside tanto en su memória como en su interior, ya que ahí se sigue guardando el cuerpo sin vida de Mao Tse Tung, el líder comunista que marcó un antes y un después en el país más poblado del mundo. Con estos antecedentes es normal que me emocionara cuando la pisé por primera vez, “¡estoy en Tian’anmen!”, me dije para mis adentros, para después decirlo en voz alta a mis compañeros de viaje, a los que no veía tan emocionados como yo.

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La verdad es que algunos se desilusionaron, ya que la plaza no les parecía tan grande como esperaban (un clásico del viajero). Pero hay que tener en cuenta que la plaza está llena de monumentos que impiden hacerse una mejor idea de su extensión. Además, tiene trampa, sus casi 900 metros de largo (y 500 de ancho) incluyen también la parte que hay dentro de la Ciudad Prohibida, y por lo tanto buena parte de la plaza queda resguardada tras la puerta en la que se coloca el retrato de Mao.

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Nos chocaba que ni siquiera ahí estuviésemos a salvo de la insisténcia de los vendedores ambulantes. Con solo entrar en la plaza, como moscas a la miel, hombres y mujeres con cometas, relojes horteras de Mao, calendarios y tantos otros souvenirs de baja calidad, te atosigaban para que les compraras algo a un precio muy por encima de su valor real. Para el turista, pisar Tian’anmen puede ser una odisea, solo los exploradores más curtidos y preparados pueden salir  de ahí sin dejarse un yuan en souvenirs que no regalarías a nadie por vergüenza (auténticos pongo).

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Una vez delante del Mausoleo de Mao (no pun intended), intentamos hacernos a la idea de que ahí dentro mantienen fresco un cadáver desde hace 30 años. Historias de un pasado que parece muy lejano pero que en realidad no lo es tanto, y a pesar de que, en realidad, China ha cambiado mucho desde los tiempos de Mao, ahí sigue su retrato y su cuerpo. (Aunque al parecer, el auténtico cadáver solo se expone de vez en cuando y lo van reemplazando por un muñeco de cera. La dificultad está en saber distinguir si estás viendo el auténtico o no.)

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¿Anacronismo?

Nuestro hotel estaba en un hutong bastante cerca de Tian’anmen, un barrio popular del que os hablaremos en otra ocasión. Era habitual entonces que pasáramos por la plaza, disfrutando de ella en varios momentos del día. En una de esas calurosas tardes, en las que el cansancio de varios días de viaje empezaba a hacerse notar en nuestro empuje y ganas de patearnos las calles pekinesas, decidimos sentarnos en la plaza a contemplar el gentío, las cometas y las pobres víctimas de los vendedores ambulantes.

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Embobados, perdidos en nuestros pensamientos (o la falta de ellos), mirando al infinito (cosa fácil en Tian’anmen), Quim pasaba el rato sacando fotos a todo lo que se movía. Y de repente, unas siluetas extrañas aparecieron de la nada…

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Eran unos monjes budistas, que al contrario de lo que pueda parecer, no estaban ahí para predicar o pedir limosna… Quim, intentando que no se percataran de ello, les sacaba fotos con todo el disimulo posible…

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Pero su disimulo fue en vano, y fue descubierto.

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“¡Te pillé!” Dice la mirada del monje más a la izquierda.

La cosa podría haberse quedado ahí, en la sonrisa simpàtica del monje fotografiado, pero la providencia quiso que en ese momento un servidor se levantara, revelando mi generosa estatura. Algo que, al parecer, cautivó a los monjes. En menos de lo que canta un gallo, me encontré cogido de la mano de dos monjes y preparado para posar para una foto.

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Quim, encantado con la vergüenza que yo estaba pasando en esos momentos, no pudo resistirse a seguir haciendo fotos, aunque Núria también se animó. Pero Quim no contaba con que él también es un ser peculiar. Otro monje se fijó en él.

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“¡Oye tú! ¡Ven acá pacá!”

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“Sonreíd todos… ¡Budaaaaaaa!”

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Si es que estaba claro, ellos también venían de turistas, observen si no, el clásico gesto asiático que procede en toda foto. Sonia, a la derecha, no puede evitar partirse el culo. Una vez más, un servidor se había convertido en la atracción de feria de los turistas chinos, y es que no fue ni la primera ni la última vez que, estando en China, alguien pedía hacerse una foto con el occidental de dos metros…

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Fotos delante del cartel con la cuenta atrás para Beijing 2008…

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En Shanghai, incluso me convertí en reclamo para un anuncio televisivo de gambas de río (o algo así – obviamente no entendí lo más mínimo, me colocaron ahí, me soltaron un rollo en chino, y yo hice todo lo que podía hacer, sonreír mientras una enorme videocámara y decenas de cámaras fotográficas me enfocaban).

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Aunque, digo yo, ¿qué falta les hacía un servidor si ya tenían a esa preciosidad en el anuncio?

Y hasta aquí esta primera aventura en la plaza de Tian’anmen, aunque nos quedan más cosas que explicar de ella, aventuras que incluyen vendedores ambulantes, cometas y la polícia china, todo junto y revuelto.

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“¡Corre, Núria corre! ¡Huye de ese vendedor ambulante hacia la oscuridad!”

“Pero señor, ¿no ve que ya tenemos una cometa?” (en correcto mandarín, con acento de Pekín).