Viajes: Paseo por el Old Town de Shanghai

Saludos cosmonautas,

en motivo de nuestra inminente expedición en tierras sureñas de la China, seguimos recordando el viaje que hace tres años nos llevó de Shanghai a Beijing. En esta ocasión queremos hablaros de una parte de la gran urbe Shanghai, una parte conocida como Old Town que se resiste como puede al paso del tiempo, y aunque una parte de este “pueblo viejo” se ha modernizado y adaptado al turismo masivo (tanto interno como externo), Urías y compañía se adentraron por esas calles que no acostumbran a constar en los tours turísticos. La mayoría de fotos son de los cosmonautas Quim, Sonia y alguna que otra de Urías. Os dejamos con su narración:

Es verano en la gran ciudad, y eso es algo que se nota simplemente con poner el pie en la calle, lejos del resguardo de los edificios con aire acondicionado a todo trapo. Cuando uno sale de esos iglús siente como si una masa invisible le cubriera todas las partes del cuerpo. Esa masa es la humedad, y en pocos segundos ya estás sudando. Pero poco puedes hacer al respecto, es pleno agosto y estás en Shanghai. Ese día nos levantamos con la intención de hacer la visita de rigor al turístico Old Town. Queríamos ver la casa de té milenaria, unos jardines, y tantas otras golosinas turísticas que aparecían en las guías… “Como no está muy lejos del hotel, ¿por qué no vamos andando hasta ahí y así vemos la ciudad?” Esa fue mi propuesta, que extrañamente fue aceptada  sin reparos por mis compañeros de viaje, no estamos muy acostumbrados a ello. Así que salimos del YMCA (sí, has leído bien) y empezamos andar bajo ese sol abrasador, con las mochilas a la espalda y las cámaras en mano.

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Transporte oficial del Old Town.

Con la guía en la mano y el dedo resiguiendo el mapa para no equivocarnos en la ruta íbamos avanzando, intentando tomar nota de en qué calle nos encontrábamos a cada momento. Pero de repente nos dimos cuenta que no estábamos tan orientados como pensábamos, levantamos la cabeza del mapa para empezar a mirar las calles de verdad y no las dibujadas, y nos encaprichamos de una. “A tomar por culo el mapa, ¡queremos ir por ahí!”

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El calor de Old Town.

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Cinco puertas, espacioso portaequipajes.

El paisaje había estado cambiando desde que salimos del hotel, pero de repente nos vimos en otro mundo. Nos habíamos topado con esa “China auténtica” que tantos occidentales ávidos de exotismos y “experiencias auténticas” deseamos. Algo que traducido a un lenguaje menos cargado de estereotipos y occidentalismos viene a significar, un barrio humilde, o directamente pobre. Pero por primera vez en el viaje empezamos a sentir que estábamos haciendo algo distinto de lo habitual, y ese Shanghai de rascacielos, grandes centros comerciales y de olor occidental parecía muy lejano. Mientras los fotógrafos empezaban a disparar por dóquier como si nos hubiéramos metido enmedio de una pelea de tríadas, Núria y yo contemplábamos con cara bobo todo lo que nos rodeaba, todo era nuevo, todo era curioso y diferente. Lo cierto es que, quizás, la mejor foto habría sido nuestro retrato con ojos como platos,  que habría que titular “turistas embobados descubren China”.

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Chinos embobados contemplan pollos.

Lo que más sorprendía a nuestra mirada urbanita era que la vida se hacía en la calle. Las casas, la mayoría de ellas antiguas, mal hechas y en considerable mal estado, eran tan pequeñas que en realidad no había más remedio que salir fuera para cualquier tipo de actividad (aunque eso no quitaba que avistáramos una enorme pantalla plana panorámica en una de ellas – que ocupaba casi toda la pared de la habitación).

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Todo se aprovecha.

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Escapando del calor para las labores del hogar.

En este barrio tenían ya experiencia en esto de resitir el calor sofocante, de forma que lo más cómodo y fresco de vestir era lo que se llevaba. Así pues, no era de extrañar encontrar hombres y mujeres luciendo sus calzoncillos o sus pijamas, dando otra muestra más de la cercanía de los vecinos, de la familiaridad que se respiraba en el ambiente (aparte de esos cuatro intrusos caucásicos, que despertaban la curiosidad de algunos locales).

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Bienvenidos.

Paseando por esas calles uno se daba cuenta de otra cosa, una aparente falta de orden u horario. Fuera la hora que fuera uno podía encontrarse gente durmiendo enmedio de la calle, gente comprando, gente jugando, y otros comiendo o trabajando duro. La burbuja que parece que sea esa zona de Shanghai debe tener sus propias reglas, su propio ritmo, y poco entiende del ajetreo que hay al otro lado del Bund.

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Contrastes.

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El trabajo puede esperar…

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El “más difícil todavía”.

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Cualquier hora, cualquier momento, cualquier lugar. La siesta es la siesta.

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Deporte nacional, el juego.

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Lucha de titanes.

Otra de las cosas que pueden sorprender al viajero que pisa un país Asiático por primera vez es que allí, cualquier hora es buena para comer. Se dice que comer solo cuando apetece y la cantidad necesaria para saciarse es mucho más sano que la costumbre tan mediterránea de tener unos horarios fijos con unas comidas bien definidas en cuanto a cantidad y naturaleza. ¿Será por ello que se les ve tan saludables y tan longevos? Nuestro paseo errático por las calles recónditas nos proporcionó muchos paisajes humanos que deleitaban nuestra mirada hambrienta de cosas nuevas, pero no podemos olvidar el sentido que más memória tiene, el olfato. Extraños, deliciosos e incluso algunos nauseabundos, nuestro paseo fue también una excursión por el mundo del olor, algo de lo que aún no hemos podido desprendernos tres años después.

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Difícil elección.

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Su kung fu es muy bueno.

El té es toda una institución en Asia, pero uno no sabe hasta qué punto antes de descubrir la adicción de los chinos a la planta. Estuvimos viendo durante varios días a gente de todo tipo pasearse con unos botes, al estilo bote de garbanzos, que estaban llenos de algún líquido no muy atractivo, y un poso extraño. Aquí no existe la sofisticación de las máquinas de bebidas llenas de té de la marca Coca Cola o cualquier otra, aquí se lleva lo casero. Durante uno de nuestros viajes en taxi vimos el desastre que a veces supone llevar ese bote a todas partes, lo sentimos por su moqueta señor taxista.

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El cuerpo del délito.

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Fiel amigo.

Después de unas cuantas horas de dar vueltas sin un rumbo fijo, de quemar las tarjetas de memória hasta el límite, y de sudar, sudar y sudar, finalmente llegamos al Old Town de las guías y las rutas, ese Old Town que al empezar el día teníamos tantas de ver. Pero algo había cambiado, y esos palacetes tan bien arreglados, esa aparente limpieza y orden, nos sabían a poco. Habíamos aprendido más de China y de los chinos en un par de horas de paseo de lo que podríamos haber aprendido leyendo todos los paneles que explican la historia de los grande señores que habían construído esos grandes jardines enmedio de Shanghai. Queríamos volver, pero al mismo tiempo debíamos cumplir hasta cierto punto con nuestra agenda, así que nos despedimos del Old Town, pensando que quizás en otro momento podríamos volver a disfrutar de esos paseos, y lo cierto es que lo que nos esperaba en Beijing superós nuestras expectativas, pero eso, cosmonautas,  es otra historia.