Viajes: China y la maldición taoísta

Saludos cosmonautas,

hoy el post dedicado a nuestro viaje a China tiene mucho de superstición, remordimientos y religiones, pero sobretodo tiene mucho humor. Es la pequeña historia de la obsesión de Urías por hacerse con un amuleto que le protegiera de la mala fortuna y como eso le llevó a una aventura mágica por los mercados de antigüedades de Shanghai y un pueblo lleno de canales, templos taoístas y budistas. Urías toma el teclado…

Era un día caluroso, muy caluroso. De hecho, según Quim (el autor de la mayoría de las fotos), ese era el día más caluroso de su vida (sigue despertándose sudado por las noches pensando en ello). Fueron un par de horas en otro de esos incómodos minibuses (aunque yo lo llamaría caravana), en el que acabé dormido estando completamente erguido, cabeza gacha, y una gran baba desde mi boca hasta mis pantalones… ehem…Una imagen que Núria me recuerda a menudo, entre carcajadas.

P3050021

Después de ese largo y baboso viaje llegamos a Zhouzhuang, uno más entre los 200 pueblos chinos con canales que se autoproclaman como “la Venecia de China”. Un sitio bonito, bucólico, y sobretodo, muy turístico.

DSC_2988

La gente me saludaba por la calle, unos porque mi altura les resultaba graciosa, otros al ver mi camiseta de Li Shao Lung (es decir, Bruce Lee o Lee Pequeño Dragón), yo les saludaba de vuelta (“nihao, zaijian, hello!”), y hacíamos lo que todo turista hace en semejante sitio, navegar por los canales, sacar muchas fotos y deshidratarnos-hidratarnos-deshidratarnos-hidratarnos…

DSC_2862

Pero esta historia empieza de verdad cuando llegamos a un templo taoísta. Por lo que tengo entendido, los taoístas no veneran en sus templos a ningún Diós o dioses, de lo que se trata es de venerar a los pensadores de este sistema de creencias que se debate entre lo filosófico y lo religioso. Pero lo cierto es que, en la cultura china, la veneración de los ancestros a la práctica es ya una religión (al menos en cuanto a sus formas y creencias). Una vez dentro del templo,  unos señores muy amables nos insistieron en que plasmáramos nuestros deseos en un papelito, que luego se pondría con una figura en un cachirimbolo raro, para que así se nos concediera el deseo (o eso nos pareció entender, ya que la comunicación gestual aún no se ha perfeccionado al 100%).

DSC_2891

Nosotros, muy contentos con el ofrecimiento, pero olvidamos algo: en las religiones asiáticas todo lo que se pide tiene un precio, y debe pagarse en metálico (no se aceptan tarjetas). Así pues, una vez finalizado todo el proceso, esos amables señores nos señalaron un cartel en chino, en el que no habíamos reparado y que en ningún momento nos mencionaron, del cual pudimos deducir que el precio de la broma eran unos 100 yuans (unos 10 euros). Nos sentimos estafados. No solo era un precio exagerado, si no que además nos habían tendido una trampa (o simplemente fuimos demasiado confiados). Por indignación no queríamos pagar. Pero ellos insistían y la situación se ponía tensa (aunque siempre mantuvimos una sonrisa en la cara, y os recomendamos que en cualquier disputa con un chino así sea), les explicamos que no llevábamos tanto dinero encima (éramos 3, pedían 300 yuans) y que no podíamos pagar. Finalmente, Núria pagó y Sonia se negó, entonces yo me acordé de que otro chino bribón me había colado un billete falso de 50 yuans, y vi una buena oportunidad de deshacerme de él y a la vez de esos timadores taoístas. Metí con seguridad el billete falso en la urna y adiós muy buenas.

Pero a pesar de haber timado a los timadores, nos quedó algo de cara a tonto.

DSC_2897

Al cabo de un rato… me entró la paranoia. No es que sea alguien supersticioso ni mucho menos, pero eso de haber timado a un templo, me dejó mal cuerpo. ¿Habría enfurecido a Lao Tsé? ¿Se habrían enterado esos señores de mi timo y me habrían echado algún tipo de maldición? Y de repente recordé otra cosa. Unos días antes, paseando por un famoso mercadillo de “antigüedades” de Shanghai (allí también hay mucho timo), estaba curioseando un tenderete cuando de repente, y como surgido de la nada, se me apareció un extraño anciano. Tenía un muy buen acento inglés,  y me trató con mucha más educación de lo que suelen tratarte los vendedores chinos. De una bolsa sacó un montón de amuletos, los tiró encima de las mesas del  tenderete, y me los ofreció a buen precio. Eran amuletos para la buena suerte, larga vida, etc. Pero decliné amablemente su oferta. En lugar de insistir de forma un tanto molesta como suelen hacer los chinos, claudicó rápidamente.

DSC_3076

Y entonces caí en la cuenta, desde que había rechazado los amuletos de ese enigmático viejecito ya me habían timado dos veces, el taxista con su billete falso, y en el templo taoísta. Estaba claro, algún tipo de gafe se había apoderado de mí, y tenía que hacer algo al respecto, tenía que limpiar mi karma de alguna forma. Lo primero, por si había enfurecido a algun ancestro taoísta, fue pasarme por un templo budista a pedir protección (pagando mi dinerito para el incienso). Pero después, tenía que volver a Shanghai, al mercadillo de antigüedades, encontrar ese viejecito y comprarle el amuleto de la suerte.

DSC_2952

Como tenía el gafe, cuando volvimos la tienda estaba cerrada. Irritando a mis compañeros de viaje insistí e insistí para regresar al día siguiente (nuestro último día en Shanghai, y por lo tanto mi última oportunidad). Y afortunadamente, al volver, con los ojos inyectados de sangre y andando lo más rápido posible, la tienda estaba abierta. Pero había un problema, el viejo misterioso no apareció, y ni rastro de los amuletos. Entonces empecé a pensar en serio en lo paranormal de ese anciano: su aparición desde la nada, su correcto acento inglés, su educación, su poca insistencia… tenía que ser algún tipo de espíritu que puso a prueba mi generosidad, yo lo había rechazado, y por ello mis continuados infortunios. Pero gracias a Núria, que siempre insiste en que insista, acabé entrando en la tienda y preguntando por los amuletos. Sacaron una bolsa de plástico de supermercado, sucia y mugrienta, que tenían arrinconada por algún sitio, y la esperanza volvió a reflejarse en mis ojos. Encontré un amuleto de la suerte que me recordaba mucho al del anciano, no puedo asegurar que fuera el mismo, pero se parecía. Salí contento de la tienda, y pensé que mi suerte iba a cambiar. Y así fue.

DSC_3127

Ese mismo día partíamos hacia Beijing, y mirando a mi bolsillo me di cuenta que, para estar a mitad de viaje, el dinero ya escaseaba. Probé suerte. Le pedí al amuleto que me solucionara el problema ¿Podríais creer que de repente me topé con un maletín a rebosar de yuans tirado enmedio de un Starbucks? Yo tampoco me lo creería, pero sí es cierto que en el suelo de esa cafetería encontré una cartera con unos 30.000 yuans. (300 euros)

DSC_3148

Aún así, esta no fue la solución a mis problemas de liquidez. Empezaba un debate ético entre los viajeros de la expedición, con un servidor como último responsable de la decisión (al haberme encontrado yo la cartera). Y estuvimos unas dos horas discutiendo. Quim defendía que lo suyo sería salir a la calle y repartir el dinero entre los numerosos vagabundos y mendigos que pueblan las calles de Shanghai, Sonia defendía que me quedara el dinero, Núria pensaba en dárselo a la polícia. El problema mayor radicaba en que la cartera no parecía llevar ninguna seña de identidad, solo lo que parecía una factura. Así que dar con el propietario parecía muy complicado. Yo pensaba en el damnificado, habiendo perdido 50.000 yuans (que teniendo en cuenta el poder adquisitivo de los chinos podría bien ser un sueldo de un mes bastante generoso), y también pensaba en la posibilidad de que tanta suma de dinero ni siquiera fuera del que lo perdió, poniendo al sujeto en apuros graves… Así que yo defendía la opción de dárselo a los empleados del Starbucks por si volvía el dueño reclamándolo. Lo cierto es que niguno de nosotros confiaba mucho ni en la buena fe de la polícia ni en la de los empleados del Starbucks, pero a un servidor le daba mucha pena la persona que había extraviado el dinero. Y al final…

DSC_3149

Al final me dirigí a la caja de Starbucks, conté la situación, y al convencerme la reacción de la empleada (no sé si me convenció o quería que me convenciera), se lo dí, nos marchamos, y pude empezar a darme cabezazos contra la pared por no habérmelo quedado. Pero quiero pensar que esta fue una nueva prueba de bondad, y que al final hice bien, que el señor de la cartera volvió al Starbucks, pudo recuperar el sueldo mensual o el dinero de su empresa. Después de recuperarlo seguramente fue a gastárselo en putas y alcohol disfrutando de la noche de Shanghai, pero al menos uno de nosotros ya tenía el karma límpio.

(Dedicamos esta entrada al cosmonauta Pau de El Pachinko, ese fabuloso blog de andar por casa  – aunque lo que es andar, anda por medio mundo – , que ayer hizo el comentario número 1000 en La Arcadia de Urías, ¡1000 gracias!)